
Haazinu es el cántico que Moshé recita en el último día de su vida, después de que las leyes, bendiciones y advertencias de Devarim han concluido y el pueblo se encuentra reunido en las llanuras de Moav. Su línea inicial hace algo extraño: en lugar de dirigirse a las tribus que tiene frente a él, Moshé llama al cielo y a la tierra para que escuchen. La lectura toma esa peculiaridad como la clave de todo el poema. Rashi, el comentarista del siglo XI del norte de Francia, señala que el cielo y la tierra perduran más que cualquier testigo humano y son ellos mismos quienes proveen la lluvia y el grano o los retienen; son testigos y ejecutores en una misma función. Lo que sigue, entonces, es menos una súplica de arrepentimiento que un testimonio presentado permanentemente ante el cosmos, lo cual explica la ausencia más notable del cántico: en ninguna parte se le pide a Israel que regrese. El rescate llega cuando la fuerza de Israel simplemente se agota. La garantía reside, en cambio, en la naturaleza del juicio: Dios se llama a Sí mismo haTzur, la Roca, cuya fuerza se ejerce en un juicio medido en lugar de una ira desbordante, y quien declara que "agotará Mis flechas", un arsenal que termina antes que su objetivo. Esa misma exactitud le impone a Moshé su propia sentencia: contemplar la tierra desde el Monte Nevo y morir sin entrar en ella.
En la haftará, los versículos finales de Hoshea —quien profetizó al reino del norte en sus últimas generaciones— no piden ofrendas, sino palabras: "Llevad con vosotros palabras y retornad". Israel renuncia a tres falsas seguridades: el imperio asirio, los caballos de Egipto y los dioses hechos por manos humanas, y la sanación llega sin ser comprada, silenciosa como el rocío.